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La Paz y los paceños

Miércoles, 22 de julio de 2026 a las 05:00

¿En qué medida la concentración geográfica de los aparatos de dominación estatal y la proximidad cotidiana al núcleo del poder político ha contribuido en la formación identitaria paceña, y con que características? 

Por lo general se sostiene que su condición de sede del Poder Ejecutivo define las características luchadoras de la sociedad paceña. Su cercanía al Poder es en realidad mucho más que eso. Ya antes de la independencia (en 1809) y mucho antes de ser sede del gobierno, los paceños se manifestaban como una sociedad fuertemente marcada por una conciencia libertaria y una capacidad de lucha notoriamente sensible. 

La idea que se posee de la ciudad de La Paz (y ahora de El Alto como estructura metropolitana) no siempre toma en cuenta los verdaderos alcances de la conciencia social paceña. La Paz no puede entenderse simplemente como el registro de un espacio urbano que alberga formalmente a la sede de gobierno y al Poder Legislativo, sino como el despliegue de un escenario donde la densidad institucional y la fricción constante con las estructuras de decisión han forjado una politización excepcional en sus actores sociales, y una subjetividad política altamente desarrollada que ha estimulado el desarrollo de un tejido organizativo densamente interconectado entre las esferas políticas, intelectuales, el sindicalismo combativo y las organizaciones partidarias tanto de naturaleza urbana como rural. 

Bajo estas condiciones, la vida cotidiana en los márgenes y centros del poder central ha propiciado que las demandas locales se traduzcan de forma casi inmediata en interpelaciones de alcance nacional, convirtiendo la ciudad en el epicentro de las grandes rupturas y recomposiciones de la libertad y la democracia boliviana. Ponderar estos atributos exige comprender que los orígenes sociológicos de las luchas paceñas son la resultante de un acumulación histórica y densificación organizativa mucho más allá de lo cotidianamente tangible. La sociedad paceña se ha forjado desde las primeras batallas por la independencia como un sujeto social colectivamente politizado y dotado de una cultura contestataria excepcional. Si esta característica es el resultado del contacto con las agencias estatales y los mecanismos de mediación institucional o no, es un dato clave, pero no definitorio, hay en la cultura andina una suerte de vocación contestataria que hoy se expresa políticamente; el paceño es, per se, un ciudadano desconfiado, receloso y terriblemente reactivo a quien intenta agredir sus derechos.

La experiencia de habitar los márgenes y los centros de la administración central del Estado ha condicionado la emergencia de un entramado social donde el sindicalismo combativo, los gremios populares y una intelectualidad comprometida convergen de manera orgánica, construyendo un espacio público que opera bajo la lógica de la deliberación permanente y la movilización callejera como mecanismos de veto ciudadano. El devenir democrático boliviano encuentra en este escenario urbano su principal caja de resonancia, un laboratorio sociopolítico donde la correlación de fuerzas de todo el país se condensa y se disputa simbólica y materialmente espacios de Poder y prestigio. Al rememorar la trayectoria de estas transformaciones, el siglo XX boliviano se revela como una sucesión de ciclos revolucionarios y de resistencia civil que encuentra su habitus natural en la sede de gobierno. La Paz se lleva, sin duda todos los créditos que la acreditan como el bastión inexpugnable de la resistencia democrática, seguramente por esto, para los paceños su exuberante folklore, sus ricas tradiciones y mitologías regionales no constituye el elemento en torno al cual gira su existencia como sociedad, este lugar lo ocupa la política y la conciencia del rol histórico que le toca vivir en el horizonte de la nación más allá del terruño local.  Su cultura ancestral, tan variada y plural no es el elemento central de su identidad. Sin mermar la relevante importancia de sus tradiciones y costumbres que cultiva con verdadera pasión, los paceños se identifican más a través del accionar político que los mueve que por el variado acerbo cultural andino que los define, característica que de alguna manera se expresa en aquello de que “en La Paz se respira política”. 

Finalmente, tras su vocación política y su capacidad de lucha se escribe una biografía de dolor y luto, de sacrificio y entrega que la nación celebra con merecida justicia cuando sostiene que por lo general La Paz termina “poniendo los muertos”, en realidad, esa certeza solo ratifica aquello de que La Paz es, ante todo; tumba de tiranos y cuna de libertadores.


Renzo Abruzzese es sociólogo

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