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El retrato de María Serena

Jueves, 16 de julio de 2026 a las 05:00

(Recuerdos de una dama desde el Más Allá)

Hoy ha sido el peor día de mi vida, si vida puede llamarse a estar durante décadas colgada en una pared. Lo que sucede es que fallecí a los 40 años y de eso ya pasan como ochenta, según mis cálculos. 

Soy María Serena Montero Claubert, una de los miles de mujeres criollas que vivíamos en condiciones de desigualdad en Santa Cruz de la Sierra, mi tierra. Cuando digo que estuve colgada en una pared, creo que es fácil adivinar que era un retrato. Estuve durante muchísimos años en el living, que entonces llamábamos la sala, luego estuve en el velador de mi hija Lucía, después viajé a París y Londres cuando mi nieto Hernando estuvo como embajador en las dos capitales consecutivamente, y estuve, en ambas oportunidades, puesta sobre vistosas chimeneas de mármol, rodeada de luces, hasta muy tarde, deseando el champán que bebían, y el Beluga que comían; oyendo pláticas interesantes en inglés y francés, idiomas que dominaba; enterándome de la guerra en Europa o de la quiebra mundial del 29; espectando grandes negocios, grandes intrigas, y amoríos que a veces se iniciaban o terminaban en mi delante. Yo permanecía en el mayor silencio, sin decir ninguna palabra porque no podía, aunque muriera por hablar y aconsejar cuando escuchaba decir algunas sandeces. 

Hasta hace escasas horas, oía y miraba, pero ahora me ha atrapado la oscuridad, una lobreguez fría. Oír y mirar sin poder decir nada, sin poder aconsejar, sin poder alertar de peligros, cansa a cualquiera. Yo soy eso: un retrato cansado, apenado. Muerta temprano, he vivido más que nadie y sé más cosas que cualquiera. Pese a todo, como tenía que ser, el futuro que preveo para mí es mortificante. “¿Y quién es esta vieja del retrato en sepia? ¿No habría que botarlo ya?”, ha dicho la jovencísima Tina, esposa de mi biznieto Rafael. Temblé al oírla, pero algún día tenía que llegar esa voz. Me han echado a la basura. No otra cosa es que te metan en una caja de papeles viejos, sin valor, de expedientes de abogados finados.

Mi padre, Napoleón Montero, era un hombre muy rico, pero en la gran casona estaba prohibido hablar de dinero o de negocios, salvo que él iniciara la charla en la mesa y empezara a echar en cara los cuantiosos regalos y gastos que había hecho en nosotros, y repartir responsabilidades como un jefe para demostrar quién era el que mandaba y el dueño de todo. Mamá no lo interrumpía cuando él hablaba y mucho menos ninguno de sus hijos. En la mesa, papá se sentaba en uno de los extremos y mamita en el otro. Eso estaba bien para otros tiempos. Yo hubiera querido que mamá se sentara al lado de mi padre y así, tal vez, pudiera amansarlo un poco. Mi madre bendecía la mesa con una voz suave, tímida y difusa. Medio minuto. Ese era su momento más importante del día, en que la familia entera le escuchaba hablar sin interrumpirla ni contradecirla. Papá inclinaba la cabeza sobre sus dedos entrelazados, largos y peludos, y parecía sumergirse en el sentimiento cristiano más profundo. Yo lo miraba, apenas levantando un poco una pestaña porque me temía que él nos estuviera mirando a todos, y me decía: “qué pasará por su cabeza en estos momentos”, porque estaba segura que pensaba en libras esterlinas y en mujeres.

Mamá, Isabel Claubert Pinto, era una bella mujer, que aguantó a mi padre como todas las esposas de entonces, porque no les quedaba más remedio. O aguantaba a la bestia o se quedaba para vestir santos. Así de injusta era la vida para nosotras. No para todas, porque había algunas mujeres con suerte que encontraban hombres buenos, trabajadores, hogareños. Y otras, con carácter, que preferían hacerle dar una paliza al marido con sus hermanos y parientes o tomar veneno antes de meterse en cama con un patán. Claro, los buenos no eran muchos y siempre padecían la burla de sus amigos, de los bohemios y pendencieros que no servían para nada. No era el caso de papá que, ante sus amigos, se vanagloriaba de haber desflorado a la hija de don Philippe Claubert, haberle sacado la mitad de su fortuna en dote y haberle puesto cuernos a su hija a tal extremo de que ya no podía pasar por una puerta.

Sin embargo, mamá vestía a la moda francesa y tenía joyas carísimas, lo que poco le importaba. Todo era traído desde París por la ruta de los grandes ríos amazónicos del Beni y del Territorio de Colonias. Un vestido, un sombrero o una joya, podía demorar meses cuando no uno o dos años en llegar hasta Riberalta, Cachuela o el Orton, menos que hasta Santa Cruz. A nuestro pueblo llegaban cosas de Europa vía Buenos Aires también, demorando lo que fuera dependiendo del estado de la ruta, ya fuera por Magallanes y el Pacífico en vapor o a lomo de mula por caminos de herradura. Mi madre debía lucir sus elegancias cuando papá estaba en la ciudad. Papá no le permitía salir ni a la puerta si no estaba reluciente de pies a cabeza. “Te quiero bien enjaezada”, le decía como si mamá fuera una hermosa yegua. La compensación de tanto ajuar y joyas caras era parir sin tregua, anualmente un hijo. Cuando ya éramos siete, el médico le prohibió a mamita tener más críos por su extrema debilidad. Papá casi muere de ira y despidió al doctor, pese a que era su primo. Desde entonces se dedicó a embarazar criadas y hasta a algunas choris si eran jovencitas.

(*) Manfredo Kempff Suárez es escritor

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