El actual empate desastroso que desangra a Bolivia no es una crisis sectorial irreversible, sino la consecuencia directa de haber quebrado muy tempranamente el binomio electoral que obtuvo más del 70% del voto popular. La destitución del único ministro de Lara, supresión de la cartera de Justicia y el desmantelamiento de la Vicepresidencia, a vista y sentir de la gente, fueron parte de un cercamiento cupular al presidente Paz agravado con las 32 maletas desaparecidas, las cajas fuertes vaciadas y la gasolina basura. Según un modelo contemporáneo de negociación (3G), la salida factible no sería la caída del mandatario, sino una fina ingeniería política de reencuentro que reconstruya el binomio original e incluya formalmente a los sectores sociales movilizados para salvar al sistema antes de que el huerto nacional se convierta en cenizas.
En la literatura sobre negociación existe una premisa tan cruda como ineludible: si entre las partes en conflicto no se identifica al menos un objetivo común, cualquier intento de diálogo es una absoluta pérdida de tiempo. Hoy, tras un mes de bloqueos que paralizan al país, Bolivia se asoma a este vacío bajo un "empate desastroso". Las facciones parecen dispuestas a dejar que toda la fruta se pudra con tal de no ceder una sola naranja. Sin embargo, para encontrar la salida a esta crisis, la Negociación 3G, un modelo que he derivado del enfoque Harvard y Teoría de Restricciones, nos obliga a abandonar los síntomas superficiales y atacar la causa raíz del problema: la fractura temprana del binomio presidencial legítimo.
La simetría de la traición y el presidente en su urna de cristal
Para entender la gravedad del abismo actual, hagamos un ejercicio de política ficción. Imaginemos que Tuto Quiroga hubiera ganado la presidencia con un voto histórico superior al 70% en Santa Cruz. Imaginemos que, inmediatamente después de asumir, decidiera aliarse visiblemente con las organizaciones sociales de El Alto para dictar medidas destinadas a asfixiar el modelo productivo cruceño. El resultado inmediato sería una crisis de legitimidad total, un repliegue económico y una polarización territorial irreversible. Una locura política.
Pues bien, esa locura es exactamente lo que hoy tiene a Bolivia en cuidados intensivos, pero a la inversa. El presidente Paz llegó al poder gracias al voto contundente —superior al 70%— de los sectores populares y empobrecidos del Occidente, impulsado por una propuesta de justicia social y combate a la corrupción junto a Edmand Lara. Sin embargo, una vez en la silla presidencial, se aisló al vicepresidente. Al constituir el gabinete, la fuerza de Lara fue confinada a un solo espacio: el Ministerio de Justicia. El golpe definitivo llegó cuando se denunció a este ministro de asuntos pendientes con la ley. El presidente Paz destituyó al hombre de confianza de su vicepresidente, suprimió la cartera de Estado y redujo drásticamente el presupuesto de la Vicepresidencia.
Con este quiebre, según percibieron los movimientos sociales, Paz quedó desprovisto de su escudo ético y divorciado de su base electoral, entendiendo que habría traicionado el mandato de las mayorías para pactar con las élites tradicionales, así el Gobierno se fue quedando sin suelo. Lo que vino después fue la consecuencia lógica de un régimen sin contrapesos: la desaparición de las 32 maletas en Viru Viru, el vaciado de las cajas fuertes del narcotraficante Marset y el detonante económico de la importación de "gasolina basura" acrecentaron el descontento social actual siendo la respuesta de una sociedad que sospecha de la administración de justicia y teme por el reflote de la impunidad.
La prueba del espejo y la salida por el reencuentro
Bajo el enfoque de la Negociación 3G, nadie es intrínsecamente malo, pero puede actuar bajo premisas obsoletas. El Gobierno cree que resistir solo con base en la legalidad es sinónimo de autoridad; los movilizados creen que el bloqueo es el único lenguaje que el poder entiende. Ambos están destruyendo la nación.
Para destrabar este empate desastroso, los actores políticos deberían someterse a la "prueba del espejo" que nos propuso Peter Drucker. Un buen administrador del Estado debe ser primero un buen administrador de sí mismo. El presidente Paz debe mirar su reflejo y preguntarse si desea ser recordado como el líder que prefirió el colapso del país antes que reconocer que fue confundido por algunos intereses subalternos y cometió errores.
La alternativa de nivel superior —donde gana el sistema— exige una fina ingeniería política y social. No se trata de buscar la caída del presidente ni de forzar una sucesión traumática, sino de reconstruir con esperanza el binomio original, ampliándolo de manera inexorable para incluir a los sectores sociales hoy movilizados. La hoja de ruta crítica requiere tres pasos urgentes:
- Evaporación del cerco cupular: El presidente Paz debe romper el aislamiento impuesto en los primeros meses de gobierno. Al reconocer que la destitución del equipo de Lara fue un error inducido, se desmantela el supuesto de que el vicepresidente es un enemigo, evaporando la desconfianza interna.
- Restitución institucional de la fortaleza: Las personas son productivas cuando trabajan sobre sus fortalezas. La fortaleza del vicepresidente es el combate a la corrupción. Se debe reinstaurar la cartera de Justicia otorgándole pleno poder para transparentar las irregularidades denunciadas. Esto satisface los intereses reales de las bases movilizadas, contribuyendo a la desactivación de los bloqueos.
- Inclusión social vinculante: El nuevo esquema no puede ser un pacto de oficina. Debe constituirse un Consejo Político y Social de Emergencia donde las organizaciones de Occidente y los sectores productivos de Oriente tengan voz y voto en el diseño de la política económica y de abastecimiento. Esto transforma el liderazgo en un modelo híbrido y moderno, donde se acepta la identidad del otro sin intentar anularla.
Nunca hay tiempo y recursos suficientes, sólo hay prioridades, y hoy la prioridad absoluta es la supervivencia de Bolivia. El reencuentro Paz-Lara, blindado por la participación activa de los sectores sociales, a mi modesto entender es el único camino factible para devolverle la legitimidad al Ejecutivo y la paz al territorio nacional. Es hora de que la lucidez y la alta política reemplacen a la intriga palaciega, antes de que los mismos líderes que fracturaron la esperanza del 70% vean cómo todo el huerto nacional termina convertido irremediablemente en cenizas.
(*) Gonzalo Mariaca Valverde es autor del concepto Negociación 3G, publicado el 2012 en Página Siete