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Bolivia, un país que se destruye a sí mismo

Miércoles, 20 de mayo de 2026 a las 04:00

Bolivia parece condenada a caminar en círculos. Cada cierto tiempo, el país vuelve a sumergirse en una espiral de bloqueos, marchas, paros,  huelgas y protestas que paralizan la economía, fracturan la convivencia y profundizan la incertidumbre colectiva. Las razones cambian; el método permanece intacto. Hoy se protesta por combustibles, salarios, candidaturas, cupos, intereses sectoriales o disputas políticas; ayer fue por regalías, autonomías, censos o reivindicaciones corporativas. Mañana aparecerá un nuevo motivo. Lo alarmante no es únicamente la frecuencia de las movilizaciones, sino la naturalidad con que Bolivia ha terminado aceptando la convulsión como parte de su paisaje cotidiano.

En ningún otro país de la región la protesta ha adquirido semejante capacidad de veto sobre la vida nacional. Carreteras bloqueadas durante días, ciudades aisladas, pérdidas millonarias para productores y comerciantes, suspensión de clases, hospitales afectados y una ciudadanía rehén de conflictos interminables forman parte de una rutina que parece no escandalizar ya a nadie. El derecho legítimo a la protesta, indispensable en toda democracia, ha degenerado muchas veces en un mecanismo de presión desproporcionado donde prevalece la imposición antes que el diálogo y donde intereses particulares suelen disfrazarse de causas populares.

Bolivia arrastra un histórico rezago económico y social que no podrá superar mientras continúe atrapada en esta lógica destructiva. El país necesita producir más, atraer inversión, generar empleo, mejorar su competitividad y aprovechar responsablemente sus recursos naturales. Sin embargo, la conflictividad permanente transmite exactamente el mensaje contrario: incertidumbre, fragilidad institucional e incapacidad para construir consensos duraderos. Ningún inversor serio apuesta por una nación donde las rutas pueden cerrarse en cualquier momento y donde la estabilidad depende del humor de sectores corporativos o liderazgos circunstanciales.

La tragedia boliviana reside en que la protesta ha dejado de ser una excepción para convertirse en sistema. La política ya no se resuelve en las instituciones, sino en las calles. El bloqueo se ha transformado en herramienta de negociación y, peor aún, en instrumento de poder. Así, el país vive atrapado entre gobiernos débiles y organizaciones que descubrieron que la presión extrema suele rendir más frutos que el debate democrático. El resultado es un deterioro progresivo de la autoridad del Estado y una peligrosa erosión de la convivencia republicana.

A ello se suma una cultura política profundamente marcada por la confrontación. Durante décadas, distintos actores alentaron la idea de que toda demanda, por legítima o discutible que fuese, debía resolverse mediante la movilización. Se sembró la percepción de que quien más paraliza obtiene más beneficios. El costo de esa lógica lo paga el conjunto de la sociedad, especialmente los sectores más pobres, que ven encarecerse alimentos, perderse empleos y deteriorarse servicios esenciales cada vez que el país se detiene.

La preocupación del vecindario continental no es casual. América Latina observa con inquietud la creciente fragilidad boliviana porque entiende que la estabilidad de Bolivia resulta clave para la región andina y sudamericana. La reiteración de conflictos internos, sumada a la polarización política y a las dificultades económicas, proyecta la imagen de un país atrapado en tensiones irresueltas que amenazan con perpetuarse. Nadie puede desarrollarse viviendo en estado permanente de agitación.

Bolivia necesita recuperar la noción de responsabilidad colectiva. Protestar es un derecho; paralizar indefinidamente a toda una nación no puede convertirse en costumbre ni en método automático de presión. El país requiere instituciones fuertes, diálogo genuino y una dirigencia capaz de pensar más allá de intereses sectoriales o cálculos electorales. De lo contrario, continuará girando en el mismo círculo vicioso que le impide avanzar mientras otras naciones de la región, con todas sus dificultades, logran construir horizontes de mayor estabilidad y crecimiento.

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