Como en las pesadillas, Bolivia cree despertar del monstruo, pero apenas vuelve a cerrar los ojos reaparece el mismo rostro del conflicto. Esta semana el evismo anunció otra marcha desde Caracollo hasta La Paz y confirmó que la presión callejera continuará incluso si se abroga la Ley 1720.
Lo preocupante ya no es la protesta en sí, sino la naturalización del asedio permanente como método político. El país intenta sostener una economía debilitada mientras algunos actores vuelven a apostar por el desgaste, el bloqueo y la tensión constante. El monstruo siempre encuentra la forma de regresar.
El segundo capítulo ocurre en las aulas. El magisterio urbano ratificó un paro nacional y miles de estudiantes volverán a quedar atrapados entre la burocracia estatal y el sindicalismo crónico. Bolivia habla de competitividad, tecnología e inteligencia artificial, pero sigue suspendiendo clases con una facilidad alarmante. La educación dejó de ser prioridad hace tiempo y se convirtió en rehén recurrente de conflictos que se repiten como un bucle infinito.
El tercer capítulo tiene forma de casas vacías. Más de 2.000 viviendas sociales están abandonadas o deterioradas en distintos puntos del país. Dinero público convertido en infraestructura inútil, proyectos sin control y promesas que terminan devoradas por la desidia.
Y quizá la noticia más increíble de la semana sea esta: no hay paro en salud en Santa Cruz. Parece ironía, pero en Bolivia ya celebramos como alivio básico que, al menos por unos días, los hospitales sigan funcionando.
(*) César Del Castillo es editor