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Cara a cara

Lunes, 22 de junio de 2026 a las 05:00

 Con Antonio Araníbar se apaga una época. Su muerte trasciende el ámbito personal y obliga a mirar una realidad más amplia: el progresivo retiro de la generación que ayudó a construir la democracia boliviana. Fueron hombres y mujeres formados en tiempos difíciles, cuando defender una idea podía costar la libertad, el exilio o la persecución. Llegaron a la política desde la trinchera, no desde la comodidad de una coyuntura favorable.

 Para Araníbar, la política era una batalla de ideas. Formó parte de una generación que llegó al poder después de haber pasado por las bibliotecas, las aulas, los sindicatos, el exilio y la lucha democrática. Discutían modelos de país, no algoritmos; buscaban convencer, no viralizar. Araníbar entendía que la política exigía preparación, estudio y coherencia.

 Araníbar entendía que la política no comenzaba en una campaña electoral ni terminaba en un cargo público.  Leía, escribía, debatía y enseñaba. Nunca renunció a la reflexión ni al pensamiento crítico, incluso cuando la coyuntura empujaba hacia respuestas simples. En una época marcada por la inmediatez, las consignas y la búsqueda constante de visibilidad, su trayectoria recuerda el valor de las ideas construidas con tiempo, estudio y convicción.

 Por eso su ausencia se siente más allá de la política. Con Antonio Araníbar desaparece una voz que pertenecía a la conversación larga de Bolivia. Su legado no habita solamente en los archivos de la política, sino en la memoria de quienes compartieron con él una certeza cada vez más escasa: que vale la pena pensar antes de hablar y convencer antes que imponer. En un tiempo de palabras fugaces, deja la huella serena de las convicciones duraderas.

(*) César del Castillo es editor

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