Hay instituciones que cobran con precisión de reloj suizo, pero rinden cuentas con la opacidad de una caja fuerte sin llave. Sobodaycom vuelve al centro de la polémica porque autores y compositores denuncian que, mientras la entidad recauda por el uso de la música en restaurantes, fiestas e incluso velorios, ellos nunca ven llegar las regalías. El problema ya no es el cobro. Es el destino del dinero.
Conviene dejar algo claro. Los derechos de autor existen y deben protegerse. Nadie discute que quien crea una obra merece recibir una compensación cuando otros la utilizan. Lo que resulta insostenible es que el sistema funcione con eficacia para recaudar y con un silencio absoluto cuando toca distribuir. Si los propios autores preguntan dónde están sus regalías, la respuesta no puede reducirse a trámites administrativos ni a balances que pocos conocen.
La auditoría anunciada por el Senapi llega tarde, pero llega. Y abre una pregunta incómoda: ¿cuántos años se administraron recursos privados sin la transparencia que exige una entidad de esta naturaleza? La legitimidad de una sociedad de gestión no depende solo de cobrar; depende, sobre todo, de demostrar que cada peso recaudado llega a quienes corresponde. La confianza no se decreta; se construye mostrando cuentas.
La ironía es demoledora. En Bolivia parece más fácil cobrar por una canción en un velorio que demostrar que ese dinero llegó a quien la compuso. Si Sobodaycom no transparenta cada boliviano recaudado y distribuido, dejará de ser una sociedad que protege derechos de autor para confirmar lo que muchos afectados denuncian: el robo de sus creaciones y su esperanza, lo más preciado que tienen.