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Cara a cara

Jueves, 16 de julio de 2026 a las 05:00

 El oficio de periodista da pequeñas grandes satisfacciones y cuando ocurre eso me encanta, es decir, celebro cada vez que algo que reflejamos que está mal, se endereza en el camino, ni bien lo damos a conocer. Esta semana, mi colega Ariel Melgar escuchó a una hija angustiada, que en mayo pasado llegó desde La Paz porque su madre, Carmen Rosa Solá, fue asesinada, decapitada y quemada en El Torno. Semejante feminicidio es de por sí una experiencia dolorosa y traumática, y como si no fuera suficiente, su calvario seguía porque un policía de la Felcc, a cargo de la investigación, se negaba a devolverle la vagoneta de la fallecida, misma que quedó confiscada por motivo de la investigación.

 La angustiada hija denunció ante mi colega que el mal servidor público le exigía Bs 20.000 para devolverle el vehículo y que ella estaba indefensa ante el uniformado, sin posibilidades de ser escuchada y asistida. Al día siguiente la noticia fue otra: le devolvieron la vagoneta a los hijos de Rosa y además, la viceministra de Igualdad de Oportunidades, Jéssica Echeverría, instruyó a su equipo establecer contacto con las familias de las 47 víctimas de feminicidio registradas este año para verificar personalmente el avance de cada investigación.

 Ponerse en la posición de esos jóvenes ahora huérfanos -Rosa fue madre y padre- es inimaginable, peor aún, soportar el vil comportamiento de un mal policía que pretendía sacar provecho de esa desgracia.  Lo vuelvo a decir, celebro que el noble oficio de periodista sirve a los que no tienen voz. Estoy feliz por los hijos de Rosa. 

(*) Gina Justiniano es editora

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