El país que aplaude, pero no acompaña. Cada vez que un deportista boliviano conquista una medalla, el país entero celebra. La bandera ondea, el himno emociona y las felicitaciones se multiplican. Pero cuando termina la ceremonia comienza otra competencia, mucho más dura y silenciosa: conseguir dinero para entrenar, viajar, pagar un fisioterapeuta o recuperarse de una lesión.
El pedido de audiencia que un centenar de atletas hizo al presidente Rodrigo Paz no debería reducirse a una deuda de Bs 3,5 millones del programa Sueño Bicentenario. Detrás de esa cifra hay pasajes no comprados, concentraciones suspendidas, tratamientos médicos postergados y carreras deportivas que no esperan los tiempos de la burocracia.
El Gobierno tiene pleno derecho a auditar un programa heredado. La transparencia nunca sobra. Pero una auditoría no puede convertirse en un limbo administrativo que termine castigando a quienes siguen representando al país. Los atletas no pueden poner en pausa su preparación mientras el Estado revisa papeles.
El problema, además, trasciende a esta administración. Bolivia sigue tratando el alto rendimiento como un gasto ocasional y no como una política pública de largo plazo. Cada gobierno crea un programa distinto, pero los deportistas continúan enfrentando las mismas incertidumbres.
Las medallas no nacen el día de la competencia. Son el resultado de años de disciplina, sacrificio y respaldo sostenido. Si el país quiere seguir emocionándose con sus campeones, también debe acompañarlos cuando entrenan en silencio, mucho antes de subir al podio.
(*) César del Castillo es editor