Durante muchos años, quienes ejercemos el periodismo aprendimos a convivir con la intimidación. Hubo una época en que las amenazas llegaban mediante mensajes de texto anónimos a nuestros teléfonos. Eran tiempos en los que el acoso tenía un rostro rudimentario: alguien escribía desde el anonimato con la intención de sembrar miedo y desalentar una investigación o una opinión incómoda. Hoy esa realidad parece casi artesanal.
La intimidación evolucionó al ritmo de la tecnología, ya no depende únicamente de una persona detrás de un teléfono, sino de estructuras organizadas capaces de instalar tendencias, amplificar mensajes, hostigar voces críticas y disputar el control de la conversación pública. El problema dejó de ser la amenaza individual para convertirse en una estrategia de influencia sobre la opinión pública.
Mientras en 2006 Venezuela ya exhibía mecanismos sofisticados de movilización digital vinculados al proyecto político de Hugo Chávez, Bolivia apenas comenzaba a descubrir el potencial de Facebook y Twitter. Muchos creímos entonces que las redes sociales democratizarían el debate, ampliarían el pluralismo y reducirían el monopolio de la información. Dos décadas después, la evidencia demuestra que también pueden convertirse en herramientas para disciplinar, desinformar y controlar el espacio público.
Esa transformación es precisamente la que documenta la investigación “Identidad, organización y agendas políticas en Telegram y WhatsApp: el caso de los Guerreros Digitales Samurai del MAS (2020-2024)”, elaborada por la antropóloga e investigadora Valeria Peredo Rodríguez.
Su estudio no se basa en rumores ni especulaciones. A partir de una investigación etnográfica, Peredo reconstruye la organización interna de estos grupos digitales y describe una estructura jerárquica con niveles de mando, roles diferenciados y mecanismos de coordinación. Los denominados “guerreros”, “generales” y “comandantes” no aparecen como metáforas periodísticas, sino como categorías utilizadas dentro de la propia organización analizada.
Uno de los hallazgos más inquietantes es la existencia de bloques especializados. Entre ellos destaca el denominado “Bloque Negro”, cuya función, según la investigación, consiste en realizar reportes coordinados, infiltraciones y denuncias contra cuentas consideradas adversarias. La lógica es simple: utilizar las propias reglas de las plataformas digitales para reducir la visibilidad de determinados contenidos o incluso provocar la suspensión de perfiles mediante denuncias masivas.
El estudio también expone otro elemento que debería preocupar a cualquier democracia: la profesionalización de la militancia digital. La investigación identifica ofertas de remuneración que alcanzan hasta Bs 2.000 para integrantes de niveles superiores de estas estructuras. Asimismo, recoge denuncias sobre importantes recursos destinados a publicidad digital y al uso de cuentas falsas para posicionar contenidos o influir en la conversación pública.
El trabajo de Valeria Peredo obliga a mirar ese fenómeno con rigor académico y no con prejuicios políticos. Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas, plantea una pregunta que interpela a toda la sociedad: ¿qué ocurre con la democracia cuando la conversación pública deja de ser espontánea y comienza a ser organizada desde estructuras diseñadas para conquistar el dominio de la narrativa?
Porque el verdadero riesgo no es que existan ejércitos digitales, el riesgo es que terminemos aceptando como normal que la verdad dependa de quién tiene más cuentas, más recursos o mayor capacidad para silenciar al otro. Y cuando el silencio se convierte en una política de poder, la primera víctima ya no es un periodista: es el derecho de todos los ciudadanos a informarse y deliberar en libertad.
(*) Miroslava Fernandez Guevara es periodista y politóloga