La entrada en vigencia de la nueva política cambiaria ha abierto uno de los debates económicos más importantes de los últimos años. Hay quienes la consideran un reconocimiento tardío de una realidad que ya existía y quienes la observan con preocupación por sus posibles efectos sobre la inflación y el costo de vida. Más allá de las posiciones a favor o en contra, lo cierto es que el país parece haber ingresado a una nueva etapa en su relación con la moneda más influyente del mundo: el dólar estadounidense.
Durante décadas, el dólar fue mucho más que una divisa extranjera. Se convirtió en una referencia de estabilidad, ahorro y confianza. Incluso en períodos donde el discurso político apuntaba hacia la desdolarización de la economía, la realidad del comercio internacional y de los mercados financieros seguía girando alrededor de la moneda norteamericana.
No fueron pocos los intentos de construir alternativas. La creación del “Sucre” como mecanismo regional de compensación comercial, los esfuerzos por impulsar transacciones en “Yuanes” o las iniciativas para fortalecer monedas regionales respondían a una aspiración legítima: reducir la dependencia del dólar y construir mayores márgenes de soberanía económica. Sin embargo, el tiempo terminó imponiendo la lógica de los mercados globales. Hoy, la mayor parte del comercio internacional, de las reservas financieras y de las transacciones internacionales continúan realizándose en dólares simplemente porque es la moneda que el mundo acepta y reconoce.
La escasez de divisas que comenzó a manifestarse desde 2023 modificó la vida cotidiana de los bolivianos. El problema dejó de ser una discusión técnica para convertirse en una experiencia diaria. Importadores enfrentaron dificultades para adquirir insumos y mercadería, mientras el país comenzaba a evidenciar problemas para financiar la importación de diésel y gasolina.
Pero los efectos también llegaron a los hogares. El pago de servicios digitales, plataformas de entretenimiento, cursos de capacitación, tratamientos médicos o compras internacionales comenzó a encontrar obstáculos inesperados. Lo que antes se resolvía con una tarjeta bancaria pasó a requerir búsquedas, intermediarios y alternativas improvisadas.
Como ocurre en cualquier economía donde existe escasez, apareció rápidamente un mercado paralelo. La diferencia entre el tipo de cambio oficial y el de mercado generó distorsiones, especulación y comportamientos propios de cualquier bien escaso. Hubo momentos en los que la cotización informal llegó a bordear los 20 bolivianos por dólar, alimentando incertidumbre y expectativas negativas. Con el tiempo, el mercado encontró un nuevo equilibrio y la cotización se estabilizó alrededor de los 10 bolivianos, aunque lejos del histórico tipo de cambio oficial de 6,96.
La reacción del sistema financiero tampoco pasó desapercibida. Los bancos comenzaron a restringir progresivamente el uso de tarjetas de débito y crédito para operaciones internacionales mediante límites diarios y mensuales que complicaban las actividades más simples. Ante esas restricciones, miles de personas buscaron alternativas en las criptomonedas y en activos digitales como el USDT para acceder a una moneda que, en los hechos, seguía siendo indispensable.
Hoy muchas de esas restricciones han desaparecido, pero la economía ya cambió. Los precios internos incorporaron las expectativas generadas durante los meses más complejos. Bienes y servicios ajustaron sus valores considerando un dólar más caro y, como suele ocurrir, esos incrementos rara vez retrocedieron en la misma proporción cuando el mercado se estabilizó.
Quizás la principal enseñanza de este proceso es que las economías, como las sociedades, terminan adaptándose a las nuevas realidades. El desafío hacia adelante no será discutir si el dólar debe o no existir en nuestra vida económica, sino cómo construir mecanismos transparentes y eficientes para acceder a él sin incertidumbre ni distorsiones.
Porque, más allá de ideologías y debates coyunturales, existe una verdad difícil de ignorar: el dólar a Bs 6,96 dejó de existir hace mucho tiempo. Y el primer paso para construir el futuro económico es reconocer la realidad del presente.
(*) Tomy Pérez Alcoreza es economista