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Esto también pasará

Alfonso Cortez 12/2/2021 05:00

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Intento no abatirme por las trágicas noticias de muertes, de todos los días; ignoro -olímpicamente-, lo que hacen y dicen los candidatos en el circo electoral; frente a las adversidades y problemas diarios, busco -denodadamente-, respuestas y soluciones; me autoengaño, pensando que las endorfinas del ejercicio físico, podrían ser suficientes; cuando la oscuridad parece cubrirme y nublar mi entorno, me refugio en las ficciones literarias, como un mecanismo instintivo de sobrevivencia. Sin embargo, a las tres de la mañana, con los ojos bien abiertos y las páginas de un libro sobre el pecho, como cientos de miles de otros ciudadanos del planeta, tampoco puedo conciliar el sueño.

En un reciente artículo de la columnista, Nuria Labari, de El País, leía que “sin tristeza no hay salida”; y aún más, si no nos permitimos estar tristes, no podremos alcanzar consuelo. “La cuestión es que, en un momento como éste, puede ser cuestión de vida o muerte reconocer la tristeza antes de que nos sepulte entre nuestros propios escombros. Porque si cada vez más personas no encuentran la orientación en el mundo, el sentido tras la pérdida, entonces la solución no serán la vacuna ni la recuperación económica. La primera medida urgente es el consuelo. Y no se puede consolar cuando no se respeta el espacio de la tristeza. Porque, después de todo, el consuelo no es otra cosa que abrazar juntos la tristeza y mirar hacia delante”.

Así que más allá de la insomne incertidumbre o inseguridad sobre las próximas horas, debemos atrevernos a reconocer nuestra tristeza y llorarla con toda la fragilidad de nuestra humanidad. Llorar de pena por quienes ya no están, y más aún, porque quienes nos quedamos y los extrañamos; por quienes sufren carencias y tienen la salud quebrantada; por quienes están desempleados o han visto mermados sus ingresos; por aquellos emprendedores, cuyo trabajo y sueños se han esfumado en medio de la pandemia; llorar por tanto sufrimiento —invisible como el virus—, que está en la violencia intrafamiliar, en las frustraciones personales, en los trastornos de la mente, en los desengaños amorosos, en todo lo que pudo ser y ya no está más, ni lo estará. Tenemos derecho a estar tristes. Solo así podremos tener consuelo.

En la penúltima novela de Milena Busquets, que arranca y cierra en un cementerio donde la protagonista, entrelíneas, dialoga con su madre muerta, habla del dolor de la pérdida y del desgarro de la ausencia. En el epílogo, como en una suerte de consuelo, la narradora le escribe a su madre: “A veces, me cuento la historia que tú me contaste un día, sentada en mi cama, para consolarme de la muerte de mi padre: Érase una vez que en un lugar muy lejano, tal vez China, había un emperador poderosísimo y listo y compasivo, que un día reunió a todos los sabios del reino, a los filósofos, a los matemáticos, a los científicos, a los poetas, y les dijo: ‘Quiero una frase corta, que sirva en todas las circunstancias posibles, siempre’. Los sabios se retiraron y pasaron meses y meses pensando. Finalmente, regresaron y le dijeron al emperador. ‘Ya tenemos la frase, es la siguiente: También esto pasará’”.

Así como la euforia y la felicidad pasan, también el dolor y la pena pasarán. Ya quisiera poder vivir en el momento en que todo esto haya pasado.



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