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Sensiblemente, hipócritas

Alfonso Cortez 16/4/2021 05:00

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Estamos viviendo una era de hipersensibilidad social y donde lo “políticamente correcto” marca lo que se dice, cómo se hace, e incluso, lo que se infiere de lo que se dice o se hace. El rasero por el cual alguien en particular, o algún colectivo en general, pueda sentirse ofendido, está cada vez más bajo.

Cualquier manifestación, incluso artística, debe tomar cuidado de las implicaciones de sus expresiones o declaraciones: las letras de canciones, los personajes de ficción, el lenguaje, los cuadros, las esculturas, la gastronomía y hasta los chistes y el humor son objeto de crítica y autocensura para evitar agraviar, ofender o ultrajar al otro. Además de la actual legislación que, expresamente, lo prohíbe, hay una exacerbada sensibilidad en la sociedad que no soporta ninguna ofensa ni burla, aún viniendo desde la veta humorística. La “buena conciencia posmoderna” está pariendo sociedades hipersensibles donde todo termina por ser hipócritamente cosmético, insípido, incoloro, pero correcto.

Los estadounidenses, que de hacer negocios saben mucho, han llevado esto al mundo empresarial: tienen manuales de procedimientos y conductas donde se señalan con lujo de detalles las apropiadas preguntas, respuestas, comentarios, e incluso tonos de voz, para quienes atienden y tienen contacto con el público. ¿Han reparado cómo todos ellos asumen un falso comportamiento (phony behavior, se dice en inglés) y usan frases hechas que nos hacen sentir bien atendidos y pareciera que somos clientes exclusivos? Presten atención en el discurso impostado, en los empleados de cualquiera de las franquicias norteamericanas, aquí, en su país de origen, o en cualquier parte del mundo.

Las redes sociales, que son una vitrina pública, estimulan también un exhibicionismo moral. Arengas exageradas e hipermoralistas muestran indignaciones impostadas o fuera de tono para subrayar una posición correcta, socialmente aceptada, con relación a temas que hacen al debate de coyuntura (equidad de género, ecología y medioambiente, etc.). El exhibicionismo de la indignación y de la moralina son caldo de cultivo para linchamientos mediáticos de quienes plantean posiciones discordantes o fuera de las habitualmente aceptadas.

Son muy pocas las voces que se atreven a decir lo que piensan, a sostener y dar razones de sus opiniones y creencias, y a defenderlas públicamente sin miedo a ser aniquiladas por la moderna “inquisición”. La imposición externa, mediática y artificialmente consensuada, hace que nos cohibamos de expresarnos en público como realmente pensamos, y aún peor, si no conocemos la terminología que está de moda y que, supuestamente, es la adecuada.

En el siglo de la comunicación digital hay muchas tiranías y esclavitudes, pero ninguna es tan aterradora como la de lo “políticamente correcto”. El miedo al qué dirán, a cómo se verá lo que hago o digo, al qué pensarán los otros sobre mis acciones, paraliza cualquier libertad o libre albedrío de hacer lo que uno quiera con el comprensible temor de que pueda ser interpretado como contrario a lo que todo el mundo piensa o cree que es “lo conveniente”.

Es loable el intento de evitar en el lenguaje y en nuestro comportamiento situaciones de exclusión (machismo, racismo, prejuicios, discriminación, etc.). Pero, ¿el miedo al linchamiento cambiará nuestras creencias?, ¿se erradicarán las injusticias?, ¿no estaremos construyendo una sociedad políticamente correcta, pero más hipócrita que la anterior?



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