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La noche anterior había llovido copiasamente y las calles de Valle Sánchez, en la jurisdicción de Warnes, lo reflejaban. Las charcas se multiplicaban por doquier cuando Wendy Roca Hidalgo se propuso salir de casa para visitar a sus sobrinos.

Ahí mismo, en la puerta de su casa, yacía sin vida un coseberu, también conocido como culotapado (Calytophractus retusus). Wendy no lo supo en ese instante. Solo se quedó maravillada por la tonalidad rosada, muy pálida, de la piel del animal. Junto a su padre, un hombre de campo, trataron de identificar qué tipo de animal era. Su apariencia, similar a la de un peji, presentaba llamativas diferencias.

Posteó la imagen en Facebook y poco a poco se fue esclareciendo el misterio. Sobre todo, cuando aparecieron los post de biólogos comentando lo extraordinario del hallazgo.

Huáscar Bustillos, biólogo, explica que estos mamíferos subterráneos y nocturnos son propios de las zonas arenosas del Chaco, pero que rara vez se dejan ver por humanos. 

“El culotapado o coseberu fue descrito científicamente por el biólogo alemán Herman Burmeister, en 1863, en base a una colecta realizada en 1859 por Félix San Martin en la zona del Pary. Desde la colecta del primer espécimen han pasado 159 años y desde ese entonces muy pocos ejemplares han podido ser registrados en los alrededores de la ciudad”, explica Bustillos.

Su semejanza a un armadillo se debe a la forma cilíndrica y compacta de su cuerpo, con “un cuello corto poco notorio”. Bustillos añade que el culotapado se alimenta de insectos y utiliza exclusivamente las patas delanteras para la excavación (remoción de tierra), por lo que sus miembros anteriores son “largos, grandes y robustos en relación al cuerpo y las garras delanteras extremadamente desarrolladas, maximizando la fuerza generada por la musculatura”.


Invasión del hábitat

Este “nadador de las arenas” habita en suelos arenosos. El estilo de vida de estos armadillos es único por el comportamiento “probablemente en respuesta a los procesos de aridizacion que ocurrieron en Sudamérica durante este lapso de tiempo”. 

Huáscar Bustillos considera que la ampliación de la frontera agrícola, en la zona chaqueña del Isoso, y la proliferación de urbanizaciones, a ambos lados del río Piraí, agreden el medioambiente del culotapado.

El experto revela que existen 169 urbanizaciones que van desde Porongo, Warnes hasta Portachuelo, todas ellas corren por el margen izquierdo del río Piraí en una franja que tiene una extensión de 22.000 hectáreas. Todas las urbanizaciones han realizado desmontes para su construcción, alterando el suelo, la vegetación y la capacidad del drenaje natural de la zona.

En el margen derecho del río se percibe una situación similar, lo que conlleva una amenaza directa para las poblaciones existentes del culotapado a corto, mediano y largo.

Otro factor de presión que afecta a la conservación del coseberu o culotapado es la extracción de áridos en ambos márgenes del río. Esta actividad se ha incrementado en los últimos diez años y se extiende sobre 20 kilómetros a ambos lados del Piraí. “Esta actividad extractiva, basada en el desgaste de los márgenes de los márgenes del río, es un potencial impacto en la supervivencia de la especie”, agrega el experto.

Mitos del Chaco

Las tradiciones sustentadas en mitos plantean otra amenaza directa que sufre el culotapado. De acuerdo a las explicaciones de Bustillos, “la cosmovisión del pueblo guaraní de la zona del Isoso (chaco cruceño) lo llama 'tatujeikurajoyava' y tiene la creencia de que este animalito es símbolo del mal agüero y equivale a un emisario de la muerte”. Dentro de esta creencia, los originarios matan y queman de manera inmediata al coseberu para evitar la fatalidad.

Por la zona de la Chiquitania consideran que su presencia se vincula con el espíritu de los bebés fallecidos a raíz de su sonido lastimero (chillido) muy parecido al llanto de un niño pequeño.

Como dato curioso, Bustillos rescata una reseña de Slade, en 1891, y que recuerda que los antiguos cruceños de esa época se atemorizaban de un animal subterráneo al que llamaban “llorón”. Por el temor y el miedo hacia el gemido del culotapado, es muy posible que se haya fusionado con el sincretismo popular tomando la forma del “llanto del duende”, relato registrado por Germán Coimbra Sanz.