Opinión

La primavera del desconfinamiento

Guadalupe Peres-Cajías 5/9/2020 05:00

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Después de cada invierno, la naturaleza le ofrece a la humanidad una razón para seguir creyendo: la invariable llegada de la primavera. Una estación que motiva el verdor de la tierra, la luminosidad del sol, la multiplicación de colores en los jardines y el aleteo vivaz de los insectos insustituibles. Una estación que representa el resurgimiento de la vida. 


Este año, la llegada de la primavera a Bolivia está asociada con una nueva temporalidad, que también representa el resurgir de la vida: el desconfinamiento. Luego de seis largos meses de cuarentena, a consecuencia de la pandemia del Covid, las autoridades permitieron la ampliación en los horarios, días y espacios de circulación. Esto le ha dado a la población una esperanza para retomar uno de sus bienes más preciados, arrebatado con la llegada del virus: su relacionamiento social y afectivo.

Como abejas que llegan con la primavera, mensajes de convocatoria a reuniones sociales están siendo multiplicados en estos días. La intención de compartir con familiares, parejas y amigos se explica por la irremplazable experiencia de socializar in situ; por la anhelada sensación de libertad para transitar en espacios y tiempos mayores que el semestre vivido; y porque "la gente ha sido muy creativa (en términos de socialización), pero, francamente lo que ahora necesita es, simplemente, un abrazo", como afirmó Brian Dow a la BBC durante el desconfinamiento europeo, en mayo pasado.

Precisamente, por la experiencia en ese continente, será fundamental pensar ¿cómo evitar que nuestro anhelo de socialización presencial nos conduzca a un recrudecimiento de la pandemia y, en consecuencia, a otra cuarentena rígida?

Para responder esta pregunta, es preciso comprender la importancia de la interacción social para los sujetos. Hablar-se, mirar-se; reir-se; percibir-se, son algunas de las maneras de sostener ese intercambio, cuyo propósito fundamental es que el sujeto pueda sentir-se en sociedad; ser parte de algo más que su propio destino. Una condición que alivia los avatares de la propia existencia individual.

En consecuencia, el aislamiento social implica lo contrario. El sujeto se ve fuera de una realidad que viene construyendo; se enfrenta insistentemente con sus propios pensamientos; lidia cotidianamente con la incertidumbre (potencializada por las redes sociales). La ansiedad incrementa; hace falta el contacto directo. Un contacto que en un contexto incierto al menos ofrezca la certeza del encuentro.

Por ello, la posibilidad de volver a interacturar por fuera de las paredes del confinamiento, alivia. Más aún, porque le permite al sujeto pensar en vivir algo de “la antigua normalidad”, que le fuera abruptamente arrebatada, con la llegada de la pandemia.

Así, el desconfinamiento se perfila como la llegada de la primavera, representa el resurgimiento de nuestra vida social y, en consecuencia, de nuestra vida -a secas-.

No obstante, el pronóstico de la pandemia es de uno a dos años más de vigencia. Por ello, es preciso combinar nuestro anhelo por retomar la vida social, con una práctica ciudadana responsable y autoregulada.

Esta práctica podría incluir la política de las “burbujas sociales”, aplicada exitosamente en Nueva Zelanda, durante su proceso de desconfinamiento. Esta supone que un sujeto construya inicialmente un pequeño entorno de contactos, con los que le sea más necesario e importante socializar.

De esta manera, se producirá una recuperación “controlada” de su vida social, que pueda permitirle al sujeto cuidar-se y cuidar al resto de los miembros de ese marco de interacción. Este cuidado no sólo significará la posibilidad de mitigar el contagio, sino de evitar el confinamiento rígido, que conduciría a un nuevo estado de ansiedad colectiva.

Ergo, está en manos de la ciudadanía la posibilidad de vivir una primavera del desconfinamiento que nos conduzca a mejores estaciones, con el preciado bien de vivir en sociedad.

¿Estaremos a la altura del monumental reto?