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Balance final

Vladimir Peña 26/5/2021 05:00

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La posesión de los gobernadores y alcaldes ha cerrado uno de los procesos electorales más largos y complejos de nuestra democracia. Muchos actores han desaparecido, otros regresaron, emergieron nuevos e hicieron el poder más disperso. Es tiempo de evaluar lo que se ha ganado y lo que se ha perdido, desde la perspectiva de lo que estaba en juego el 7M. Seguramente hay muchas miradas, la mía se centra, en esta ocasión, en Santa Cruz y particularmente en el Movimiento Demócrata Social, organización de la cual fui militante hasta diciembre de 2020.

La crisis política generada por el fraude electoral de 2019, la incertidumbre pandémica y el retorno del MAS al poder fueron el preámbulo de las elecciones autonómicas y municipales, que se celebraron por tercera vez de forma conjunta. La victoria holgada e incuestionable de Creemos en la Gobernación puede solapar otros resultados preocupantes que no saltan a la vista. Veamos.

Creemos y sus aliados, entre ellos Demócratas, establecieron la consigna de la unidad para evitar la dispersión, como antídoto para que el MAS no se haga de las instituciones. Si bien las fuerzas antimasistas ganaron la Gobernación con el 55%, el MAS creció 7% respecto a 2015. En asambleístas territoriales, el MAS ganó 8 provincias y Creemos solo 6. Si cotejamos con 2015, hay un enorme retroceso, en aquella oportunidad, Demócratas ganó 12 provincias y redujo al MAS a 3. De las seis provincias ganadas por Creemos, en cuatro de ellas, los votos blancos superaron a los asambleístas electos.

En cuanto a municipios, el 2015 Demócratas ganó 25 gobiernos municipales, el MAS 21 y los restantes otras fuerzas políticas. Ahora, el MAS se consolidó como primera fuerza territorial al ganar 27 alcaldías de las 54 en disputa. Demócratas y Creemos solo ganaron 12 alcaldías, ni la mitad de las ganadas por el MAS. En cambio, en 15 municipios los ciudadanos eligieron fuera del molde masismo/antimasismo. Mientras más se ahonda en los datos, más desalentadores son.

Atención especial merece la capital, por la cantidad de población, su influencia en el departamento y el ocaso de Percy Fernández. Los aliados de Creemos, SPT (Santa Cruz Para Todos) y Demócratas apenas superaron el 11% entre ambos. El regreso de Jhonny Fernández a la Alcaldía de Santa Cruz de la Sierra, que ganó por una nariz a Gary Áñez, demuestra que no todo se reduce al antimasismo. Por el contrario, cuando hay más opciones y son competitivas, minimizan las posibilidades del MAS. En el único lugar que el MAS decreció fue en la ciudad de los anillos, curiosamente donde la elección no se planteó en clave dicotómica.

No solo se trata de luchar contra el mismo adversario, sino darle contenido a la causa. La estrategia enfocada exclusivamente en la concentración de voto anti-MAS tiene sus bemoles. La polarización hace crecer al MAS, más aún si se compite desde un proyecto escorado a la derecha, desincentiva la participación política y diluye el debate programático. Que todos se hayan apartado para que Camacho corra solo, sólo ha servido para evitar la segunda vuelta, pero queda con una Asamblea compleja y territorialmente en minoría. Comparado con 2015, es evidente el aislamiento fuera de Santa Cruz y el retroceso dentro del departamento. Una unidad centrada en una persona, que regaló al MAS otros espacios.

Los partidos son instrumentos para hablarle a la gente, por eso lo más valioso es su organización, donde reside la real competición con el MAS. Santa Cruz perdió la mayor organización política que tenía. Demócratas nació como una gran fuerza democrática, de centro, transversal, útil, con implantación territorial y para unir a personas de orígenes distintos en un país fisurado. Quienes tomaron la decisión de última hora, al margen de los militantes y del estatuto, saben que han entregado el único instrumento con posibilidad de conquistar el poder nacional. Al final, los votos del MAS siguen siendo del MAS, incluso han recuperado algunos que habían cruzado la vereda, lo otro, más disperso y confuso.

Pueden darse muchas interpretaciones, salvo una, que aquí no ha pasado nada. La coherencia se mide en las decisiones difíciles. Los partidos son útiles si tienen representación, un partido crece cuando amplía su espectro, no cuando lo reduce. La alianza, o acuerdo como lo quieren llamar eufemísticamente sus promotores, ha sido un lastre para los candidatos a alcaldes, porque no solo los han dejado en orfandad, sino que también tenían que competir con los candidatos a alcaldes del candidato a gobernador que apoyaban. Incomprensible. Abandonar la senda del centro ha sido un camino a la perdición.

La operación estaba clara, renunciaron a todo para apostar únicamente por la Alcaldía capitalina, pero la ejecución ha sido desastrosa. Redujeron a Demócratas a un asambleísta (que no lleva ni la sigla) y a un concejal, el peor resultado de su historia, de primera a quinta fuerza departamental. No es serio pasar de candidato a concejal, a precandidato a gobernador y terminar de candidato a alcalde en tan solo dos semanas. Más aún presentarse como renovación llevando un programa de hace 30 años, el tiempo pasa, las sociedades cambian y los políticos tienen que espabilar. Esta es una dificultad aguda en los partidos, se habla mucho de renovación, pero los del banquillo se van a jubilar esperando debutar. La incapacidad de pasar la posta.

Sin embargo, el mayor problema de los partidos es el cesarismo. Esa fantasía de que soy imprescindible, pero no voy a ninguna parte, termina cargándose a los partidos. Los partidos están al servicio de la gente, no se los puede poner al servicio de un líder o un pequeño grupo, al final los militantes se dan cuenta, por eso ni la mitad de ellos votaron por el candidato impuesto. Pues eso, sobró imposición y faltó escucha. No son acuerdos, los que bajo apariencia de serlo, terminan siendo una rendición. Y hasta en el peor fracaso uno tiene que asumir las responsabilidades de sus decisiones.

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