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La dosis de esperanza

Alfonso Cortez 9/4/2021 05:00

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Después de comentarle a mi hijo una charla que tuve con unos amigos sobre la fabricación de vacunas, los angustiantes y lentos procesos de vacunación contra el coronavirus, las desigualdades y detestables diferencias entre los países, la falta o inoperancia de un gobierno global que pueda responder a emergencias planetarias como las actuales, nos acordamos de la película del director español Galder Gaztelu-Urrutia, El hoyo (2019), que en esta misma época, hace un año atrás, se estrenó en Netflix.

El hoyo es una película perturbadora, cruda, densa y no apta para espectadores demasiado sensibles, con algunas escenas que podrían calificarse de repugnantes. La propuesta narrativa es simple, pero aterradora: el protagonista está en una prisión vertical con dos reclusos por nivel y un enorme hoyo rectangular en el centro. Todos los días, a través de ese hoyo, desciende una plataforma con un banquete de comida. Los que están en el primer nivel son los primeros en comer y elegir los alimentos a su antojo. Pasados unos minutos, la plataforma baja al siguiente nivel, para que coman los reclusos de ese piso. Ese ritual se repite a lo largo de más de 300 niveles del edificio. Los de abajo se ven forzados a comer las sobras de sus predecesores. La sobrevivencia de los convictos depende de la comida que está sobre la plataforma y pareciera que es lo único que importa.

El filme, que se supone en un futuro distópico, tiene un claro mensaje de crítica social y una sátira mordaz y brutal a los sistemas económicos imperantes. Haciendo una analogía con el momento actual, esa visión futurista -que planteaba Gaztelu-Urrutia-, es nuestro actual presente de confinamiento; y la comida, son las dosis de vacuna que nos permitirían sobrevivir a la peste. Esta metáfora de la realidad muestra el egoísmo, la codicia y la ambición de los seres humanos. Pero, también, a través de la figura de una inocente niña que es salvada y asciende al nivel cero de esta cárcel vertical, se muestra que no todo el sistema estaba corrompido. Ella es el símbolo del cambio y la resistencia de una parte de la sociedad. Una vida capaz de nacer y desarrollarse en un lugar donde pareciera que solo existía la muerte.

El hurto de 500 vacunas en el norte del país, que al ser recuperadas tuvieron que ser desechadas porque no había garantías sobre el mantenimiento de la cadena de frío; la sospechosa e injusta distribución de las dosis -pocas, en relación con el universo a vacunar-, y un descarado uso político de las mismas en Bolivia; el favorecimiento a familiares y figuras políticas en Argentina, que se conoció como el “vacunatorio VIP”, y le costó el cargo al ministro de Salud; la vacunación secreta de políticos y funcionarios en Perú, escándalo bautizado como “vacunagate”; son algunos claros ejemplos que se convierten en grandes titulares de las noticias e invisibilizan la comprometida y sacrificada labor de cientos de miles de sanitarios y funcionarios públicos que, en contraste con quienes delinquen o se aprovechan del poder, cuidan la vida de la gente y nos inyectan esa dosis de esperanza.

Sin ignorar aquello que debe ser juzgado y condenado, voy a preferir -al igual que el final de la película- apostar a la existencia y sobrevivencia de una niña, que es un símbolo de ilusión y semilla de transformación, como es la lucha sin cuartel de médicos, enfermeras, laboratoristas, dietistas, auxiliares, choferes de ambulancia, personal de limpieza que, en muchos casos, sin las condiciones e implementos de bioseguridad ideales, arriesgan sus vidas para preservar la de sus pacientes.

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